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Un relato de Ricardo Carpio (Divagaciones de un hombre de piernas cortas)


Divagaciones de un hombre de piernas cortas


Para los seres humanos siempre hay cosas difíciles de llevar, y parece que hasta ser bello es algo bastante complicado. Una cojera, una nariz más respingada de lo debido, unas manos ásperas… El cuerpo es de muchas formas una carga, y a uno puede darle por creer que si tal o cual parte no fuera como es, el mundo giraría mejor. A ojos de la mayoría, los bellos son seres privilegiados que se mueven dos o tres centímetros por encima del piso. Pero los bellos saben que no son suficientemente hermosos, y que unos frijoles les sientan mal a cualquiera si se los come a altas horas de la noche.
Por eso no debe extrañarnos el auge y continuo éxito de la cirugía plástica, ni hay que juzgar la tendencia de la gente a “reconstruirse” como una muestra de la vacuidad de estos siglos postreros. Si una mujer se cambia la nariz o se engrandece las tetas, no es porque sea más tonta que la de hace quinientos o mil años, sino porque ella nació en un tiempo en que son posibles tales procedimientos. Es más, parece claro que lo que hay detrás de todo no es tanto una manifestación de la vanidad humana como de su desasosiego: su cabal comprensión de que el mundo no está bien hecho: su mala comprensión del mundo: su crónica incomprensión del mundo. El deseo de unas tetas perfectas es, al menos, la muestra de que para alguien existe una idea de perfección. No la que puede consumarse en el arte, donde la durabilidad del lienzo o la dureza de la piedra la hacen parte de un simulacro demasiado evidente. La belleza de una mujer de mármol nos paraliza en medio de la frustración que nos genera su impenetrabilidad. La belleza de una mujer de silicona, también es un simulacro; pero un simulacro al que podemos tocar.

Un pintor, por ejemplo, sigue moviéndose sobre un plano de representaciones más humano que el cirujano plástico. El acto de creación del artista es paralelo al de los dioses; el cirujano, en cambio, mete directamente las manos en la creación de éstos, con la pretensión de corregir sus divinos descuidos…

Pero no era esto a lo que quería llegar. Esa primera línea, “para los seres humanos siempre hay cosas difíciles de sobrellevar”, sólo pretendía servir de entrada a un pequeño apunte sobre lo duro que puede ser el hecho de tener una baja estatura. Ayer, viendo bajarse del bus a una señora muy chaparra –sus altos tacones apenas si le completaban el metro y medio-, pensaba cómo, con el tiempo, el tener piernas cortas puede llegar a convertirse en un gran inconveniente. Cuando uno es joven (yo también tengo piernas cortas), puede vadear ciertas dificultades por la gracia de la habilidad y la fuerza de un cuerpo nuevo. El estribo demasiado alto de un autobús, por ejemplo, no representa mayor cosa: donde a los otros les basta con alzar la pierna, uno da un saltito imperceptible, y ya está. Pero cuando las articulaciones se endurecen y los músculos se aflojan, tiene uno que enfrentarse a la humillación de su incapacidad para moverse bien en el mundo de los grandes; uno que, acostumbrado a mirar a los demás hacia arriba, tendrá problemas para asumir que es un adulto, empieza a darse cuenta de que ahora es más difícil evitar parecer un niño de movimientos torpes, un niño hipertrofiado por la carga de los años…

En fin… pensaba decir otras cosas, pero debo reconocer también que la mayoría de veces soy un tipo de ideas pobres y corto aliento.   

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