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ACTUALMENTE SE REGISTRA EL AIRE MÁS CONTAMINADO DE LA HISTORIA


Actualmente se registra el aire más contaminado de la historia

Los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera han llegado a límites históricos. Si la tendencia continúa es poco probable evitar que el planeta continúe calentándose.

Por: Santiago La Rotta

Observatorio Mauna Loa, en Hawái. / CortesíaObservatorio Mauna Loa, en Hawái. / Cortesía
Las mediciones del observatorio Mauna Loa, en Hawái, aseguran que entre esta semana y la siguiente los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera alcanzarán un récord histórico, una marca que no se rompía desde hace, aproximadamente, 4,5 millones de años.
El camino del no retorno. Se parece un poco a eso, puesto que el dióxido de carbono es uno de los gases responsables de fenómenos como el efecto invernadero, que a su vez es uno de los factores que acelera el calentamiento global, la gran pesadilla ambiental que no sólo amenaza el modo de vida del hombre sino el equilibrio climático de todo el planeta.
Los datos del observatorio, que hace mediciones diarias de la atmósfera, señalan que la concentración de dióxido de carbono superará las 440 partes por millón (ppm), el umbral que ha sido trazado para intentar mantener estable la temperatura de un planeta que se calienta; las últimas mediciones mostraban que el promedio de la semana pasada, por ejemplo, fue de 398,5 ppm.
El umbral por sí solo no dice mucho. Lo que significa, sin embargo, puede resultar aterrador, si se quiere. Los cálculos de la comunidad científica estipulan que un aumento de apenas dos grados centígrados en la temperatura global puede desencadenar una especie de efecto dominó en los patrones climáticos del planeta, además de afectar la supervivencia de diferentes especies, comenzando por los corales, parte fundamental del equilibrio ecológico de los océanos.
Para evitar subir dos grados centígrados más de temperatura, las emisiones de dióxido de carbono deben reducirse en un 15% en todo el mundo, hasta ubicarse por debajo de 350 ppm. El límite propuesto para alcanzar esta meta, algo así como el tiempo de gracia que aún le queda al planeta, es 2020.
Este plazo, es obra de otra comunidad, la diplomática. Y es en este punto en el que la historia se torna más truculenta, pues las discusiones acerca de los caminos para alcanzar las metas climáticas del planeta son una serie de pulsos políticos entre las grandes economías y las emergentes: entre los países que necesitan de vastas cantidades de energía para mantener la “p” mayúscula en la palabra progreso y los otros, aquellos que se ven abocados a deforestar y entregar sus recursos naturales para tratar de alcanzar a los primeros.
Esta semana comenzaron en Bonn, Alemania, una nueva serie de discusiones para intentar encontrar un camino hacia un tratado mundial, un documento con metas y obligaciones claras que ponga en cintura el consumo de energía y las emisiones de dióxido de carbono. Los objetivos son claros, el mensaje de urgencia está más que dado. Lo que falta, como siempre, es voluntad, voluntad política.
Los pronósticos de entidades como el Banco Mundial y el programa para elmedio ambiente de la ONU estiman que, para finales de este siglo, el planeta podría calentarse hasta cuatro grados más, o sea dos más de lo inviolable.
¿Cómo llegamos a esto? Varios factores, cientos incluso. El crecimiento demográfico, por nombrar uno. Hace menos de dos años la humanidad superó los siete mil millones de habitantes, un factor que pone una enorme presión en el consumo de recursos, entre estos la energía. Como casi todo lo relacionado con el hombre, la distribución energética es un asunto desigual: apenas el 5% de la población mundial consume más del 20% de la energía generada en el planeta.
Energía es uno de los alimentos preferidos de la bestia del progreso, una criatura que ha permitido que, por ejemplo, los ciudadanos de Beijing registren la entrada de más de 20 mil automóviles a sus calles cada mes o que más de 20 ciudades chinas se encuentren expandiendo sus sistemas de transporte férreo, bien sean metros o trenes de alta velocidad; el promedio de los habitantes de Shanghai puede comprar hoy dos dispositivos de aire acondicionado y, al menos estadísticamente hablando, 1,5 computadores.
Buena parte de estos milagros económicos, necesarios para mantener el descontento a raya en países con un único partido político, se logra a través del carbón, una fuente de energía que ya ha sido ampliamente probada y que, en el marco más general de las cosas, resulta barata.
Se calcula que la reserva de carbón de Colombia es la sexta más grande del mundo y una de las más grandes de Latinoamérica (sino la más grande). Este sector representa buena parte de la inversión extranjera directa en el país (algunas cifras hablan de una participación de 46%). Casi toda la extracción de este recurso se realiza para exportación, pues más de la mitad de la energía que consume el país proviene de hidroeléctricas, una modalidad considerada en buena parte como limpia, aunque con el pasivo ambiental derivado de la inundación de vastas extensiones de tierra.
Con estas cifras no resulta extraño que la investigación en energías limpias en el país sea casi nula o que el aprovechamiento de fuentes alternativas, como la energía solar (al menos para fines térmicos, como calentar agua), sea un asunto marginal, casi contracultural.
De acuerdo con Desertec, una fundación cuya meta es cubrir una porción de los desiertos del mundo con celdas y captadores solares, la energía que reciben estos ecosistemas durante seis horas excede las necesidades de la humanidad durante un año.
Pero este nivel de desarrollo e investigación requiere de dinero y, de nuevo, de voluntad política, una moneda que resulta escasa por estos días.
Para finales del siglo XVIII, en los comienzos de la Revolución Industrial, los niveles de dióxido de carbono eran de apenas 280 ppm. La advertencia de los científicos es que, si el ritmo de emisiones continúa igual que en la última década, la cantidad de este gas en la atmósfera será de 450 ppm para 2040.
Cualquier persona que haya respirado un aire con menos de 330 ppm de concentración de dióxido de carbono tiene más de 100 años hoy. Un dato triste, por decir lo menos.
Por: Santiago La Rotta

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