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LA MISMA FANNY DE SIEMPRE SOLO QUE MAS LOCA Y SOÑADORA (dedicado a los litiosos)


Fanny Kertzman: “Soy la loca del paseo”

La exdirectora de la Dian, famosa por haber sido “la cuchilla de los contrabandistas”, ha vuelto a sonar por sus provocadoras columnas en el portal Kienyke donde revela que fue alcohólica, que tiene una enfermedad mental y sus aventuras sexuales. Quienes la conocieron cuando era directora de la revista Dinero, creen que está mamando gallo porque sus escritos tienen ingenio y buen humor. Pero ella asegura que todo lo que dice es verdad y lo va a contar en un libro que está próxima a publicar.

Fanny Kertzman: “Soy la loca del paseo”. Fanny dice que los comentarios que le dejan sus lectores en Kienyke no le afectan y que, por el contrario, la divierten. A algunos les cuesta creer que estas columnas sean de la misma mujer que fue directora de la Dian entre 1998 y el 2000. Foto: Cámara Lúcida/11.
Fanny dice que los comentarios que le dejan sus lectores en Kienyke no le afectan y que, por el contrario, la divierten. A algunos les cuesta creer que estas columnas sean de la misma mujer que fue directora de la Dian entre 1998 y el 2000. Foto: Cámara Lúcida/11.
“Los que lean esto van a pensar que estoy loca, por eso, antes de empezar, quiero decirles que desde el 2008 no me tomo ni un trago ni me fumo un cacho. Lo que cuento en Kienyke pasó antes de esta fecha. Ahora estoy totalmente regenerada”, dice Fanny Kertzman, quien se toma 13 pastillas al día para mantenerse cuerda y saludable. En el 2007 un siquiatra en Nueva York la diagnóstico como bipolar II, una enfermedad maniacodepresiva, precisamente por las características que tiene de pasar de estados de ánimo de energía exuberante y rumba continua a profundos pozos de depresión.


Sus primeros episodios de manía comenzaron cuando entró a dirigir la revista Dinero. “Mientras construíamos la revista, tomé las riendas y escribía cerca de cinco temas por ejemplar, editaba todos los artículos, revisaba el lay-out y manejaba la ubicación de la pauta publicitaria. Trabajaba hasta las doce de la noche, tomaba píldoras para dormir y empecé a consumir alcohol. Perdí cerca de 15 kilos. Esta vez, con una buena siquiatra, prozac y litio salí de la depresión para entrar nuevamente en la locura de la dirección de la Dian”.

Fanny tenía 39 años cuando asumió uno de los puestos más peligrosos de Colombia, al que llegó en 1998 recomendada por Juan Camilo Restrepo, ministro de Hacienda de la administración Pastrana. Allí se ganó el apodo de ‘La Cuchilla’ por sus peleas con los contrabandistas. En esa época tenía nueve escoltas en una caravana de tres carros y una moto. En el 2000, las amenazas y el hastío por la incapacidad del Congreso, la hicieron renunciar e irse como Embajadora de Colombia en Canadá. “De haberme quedado en el país estaría en la cárcel o en el cementerio, con más probabilidades en la primera. Estaría tejiendo sacos para bebé en el Buen Pastor. Hubiera sido el chivo expiatorio del escándalo del momento, dado que no tengo padrinos políticos”, dice.

Ahora, a sus 52 años, vive en un sótano en Portland, Oregon, con su gata Cata; trabaja como intérprete para dos agencias internacionales; gana muy poco dinero, pero aun así, dice que no quiere regresar al país: “No puedo con los baños públicos de Colombia, esa es una obsesión que tengo. En Estados Unidos nunca me ha tocado un baño sucio o que no tenga papel higiénico. Además, si vuelvo tendría que trabajar con el Gobierno y no quiero. Estoy segura de que en el sector privado nadie me contrataría por mi reputación de peliona”. Dice que gracias a que vive en Estados Unidos, y no en Colombia, es que ha podido contar en Kienyke su vida de una manera tan descarnada y sin filtros. “Todo lo que cuento allí es verdad, no hay nada de ficción. Son fragmentos de un libro que estoy escribiendo que espero publicar en dos años”, y que tiene como título tentativo La loca del paseo.

En sus columnas, Fanny ha llegado a revelar que tuvo dos abortos. Su primer embarazo fue de mellizos que murieron a los cinco meses de concepción. “El médico, al darse cuenta de la situación, tenía que provocarme un aborto. Cuando llegué a la Clínica del Rosario en Medellín, manejada por monjas, se negaron en un principio a hacer el procedimiento, arriesgando mi vida ante una septicemia, pero finalmente les tocó”. El segundo embarazo fue aun más dramático. Sin saber que estaba encinta y con un retraso de diez días, le salió un sarpullido por todo el cuerpo. Le diagnosticaron rubéola. Tenía que abortar de nuevo porque el bebé podía nacer sordo, ciego o con retraso mental. “En la pacata Medellín de los años 80 no había cómo hacer el procedimiento, por lo que viaje a Bogotá a hacerme un aborto en una clínica clandestina. Me aspiraron el útero sin anestesia y de una manera tan burda que en Medellín me empecé a desangrar y tuvieron que hacerme un legrado. Según el rezandero del procurador, Alejandro Ordóñez, eso me hace una pecadora irredenta y una oveja descarriada”, dice Kertzman, quien se profesa atea.

Finalmente tuvo a sus dos hijos. Perla, de 28 años, quien vive en Portland; y Pedro, de 27, con el que perdió comunicación hace más de un año. “Le escribo e-mails, pero no me contesta. Siento que él no ha podido superar la muerte de su padre”.

Enrique Kacew murió el 3 de abril del 2004 a causa de un cáncer en el cerebro. Él y Fanny se conocieron como estudiantes del colegio Teodoro Herzl, pero se enamoraron, años después, cuando los papás de Fanny, Abraham Kertzman y Raquel Yankelevitch, dos inmigrantes rumanos que llegaron a Colombia a comienzos de los años 30, enviaron a su hija a Israel con la excusa de que hiciera un posgrado, pero con la verdadera intención de que encontrara un marido judío como lo obligaba su fe.

Fanny y Enrique se casaron en Medellín el 8 de diciembre de 1980, el mismo día que asesinaron a John Lennon, y asistió toda la colonia judía entre otros colombianos. El menú corrió por cuenta de doña Raica, la mamá de Fanny. “Ella quería servir pavo, pero en Medellín no había. Enrique y yo viajamos desde Bogotá con la tarea de traer cuatro pavos congelados. Nos cancelaron el vuelo y se quedó el equipaje, con pavos incluidos, en los hangares de Avianca. Finalmente llegaron con nosotros al otro día a Medellín y todo el mundo comió pavo en la fiesta, menos Enrique y yo”, narra Fanny en su libro Soltaron los perros.

Quince días después de la muerte de su esposo, Fanny se ennovió con Jeff, su odontólogo. El romance duró poco. “Él me botó porque estaba loca y mis hijos lo odiaban. Ellos no querían un reemplazo para su papá y les parecía un idiota”. Fanny lloró tres días seguidos y entró en estado catatónico.

Pero su verdadero infierno empezó cuando se mudó a Nueva York y le ofrecieron un puesto en el Departamento de Asuntos Corporativos de la Philip Morris. “Ahí sí me volví loca de remate. Tomaba bastante alcohol, me hice echar del trabajo por una pelea con mi jefe y me suscribí a Jdate, un website judío para buscar novio por Internet”. Salía con toda clase de desconocidos, algunos casados o menores, otros adictos al sexo y unos más locos que ella. Morrie, por ejemplo, sufría de una enfermedad llamada Desorden de la Personalidad Fronteriza. “A pesar de que él me golpeaba, yo estaba enamorada y decidida a irme a vivir con él. Un día cualquiera llegué a su apartamento con todas mis cosas y como él no estaba contraté un cerrajero para que me abriera la puerta. Él llegó a las dos de la mañana y cuando me vio ahí me dijo: ‘Fanny, le juro que voy a llamar a la policía’. Cuando me desperté estaba rodeada de cuatro uniformados, que me esposaron para llevarme a una unidad siquiátrica del peor hospital de Atlanta. Estuve interna durante tres días, los peores de mi vida, hasta que finalmente pude convencer al médico de que no estaba tan loca y me dejaron salir”.

Ahora no está saliendo con nadie, pero no pierde la esperanza de encontrar un marido rico que le ponga fin a sus problemas económicos. “Tengo claro que si me vuelvo a casar es por dinero, lo que pasa es que cuando uno se casa por plata le toca trabajar 24 horas, siete días por semana y eso es no es tan bueno”, dice.

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